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U.S. Department of State

Diplomacy in Action

10th Anniversary of the Inter-American Democratic Charter [Spanish]


Remarks
William J. Burns
Deputy Secretary
Valparaíso, Chile
September 3, 2011

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Gracias. Es un honor estar aquí con ustedes para celebrar el 10º aniversario de la Carta Democrática Interamericana – un compromiso colectivo con la democracia sin igual en el mundo. Es apropiado que celebremos este hito aquí en Chile. Así como el mundo aplaudió cuando los mineros surgieron a la seguridad y la libertad, también nos ha inspirado el país que emergío de la dictadura para disfrutar los frutos de la democracia, el desarrollo y los derechos humanos.

Hace diez años, en una fecha marcada por la tragedia, dimos juntos un paso histórico hacia adelante como una comunidad de valores compartidos. El entonces secretario de Estado Colin Powell se quedó en Lima ese 11 de septiembre hasta que la Asamblea General de la OEA aprobó la Carta Democrática Interamericana. Todos acordamos, y cito textualmente, que: “los pueblos de las Américas tienen derecho a la democracia y sus gobiernos tienen la obligación de promoverla y defenderla”.

Esa obligación no empieza ni termina en la urna electoral. Todas las sociedades tienen que lidiar con la amenaza de la violencia, la desesperación y el extremismo. Nuestra mejor respuesta — entonces y ahora—es proponer una agenda amplia y positiva que ofrezca derechos, libertades, seguridad, justicia, inclusión social y progreso económico para todos los pueblos de este hemisferio y del mundo. Esa Carta histórica destaca el vínculo esencial entre la democracia y el desarrollo social y económico, como base a partir de la cual avanzar desde gobiernos democráticos hasta sociedades democráticas.

Muchos países de las Américas han hecho progresos extraordinarios dando vida a los principios consagrados en la Carta. La gobernabilidad democrática se ha convertido rápidamente en la norma en todo el continente americano. Las instituciones democráticas fortalecidas han ampliado las oportunidades económicas, así como el espacio disponible para la expresión y participación cívicas, han reducido la pobreza y han servido mejor las necesidades básicas de los ciudadanos. El desarrollo democrático e inclusivo produce resultados para todos los pueblos de nuestro hemisferio.

El progreso alcanzado por Perú es un excelente ejemplo. Ayer estuve en Lima, reuniéndome con el más reciente en una larga lista de gobiernos hemisféricos en asumir mediante un cambio de poder pacífico y democrático.

Desafortunadamente, estos éxitos no reflejan toda la realidad. Nuestro progreso es inequívoco, pero es también incompleto y desigual. Al celebrar nuestra convivencia democrática en el hemisferio, también debemos renovar nuestro compromiso compartido de esforzarnos más para profundizarla y defenderla, y debemos forjar un camino común hacia adelante que nos permita hacerlo en conjunto.

Todos nuestros países saben que la tarea de construir la democracia nunca se completa. Cuando dejamos de dedicarnos a perfeccionarla y protegerla, la democracia se erosiona. Sabemos que incluso los gobiernos elegidos democráticamente pueden amenazar a la democracia, si no respetan sus salvaguardias, sus instituciones, sus normas y sus valores.

Cuando los líderes de la oposición se enfrentan a enjuiciamientos politizados y los periódicos sufren la intimidación para ser silenciados, se socava la democracia antes de que siquiera se deposite un solo voto. Cuando los activistas de los derechos humanos son amenazados, se hace menos seguros a todos los ciudadanos. Cuando se debilitan las instituciones independientes – cuando a los jueces se los confina a arresto domiciliario por dictar fallos que desagradan a los que están en el poder—se están negando a los ciudadanos los beneficios plenos de los gobiernos que ellos mismos han escogido. Y cuando no se controla la desigualdad económica, la corrupción y la violencia delictiva, se erosiona día tras día la fe de los ciudadanos en que la democracia puede traerles resultados.

Las amenazas a los principios democráticos en cualquier lugar son un desafío para las democracias en todas partes. Ninguno de nosotros ha sido perfecto, pero todos debemos hablar francamente, mantenernos firmes y actuar con la claridad de nuestras convicciones en defensa de los principios democráticos. La OEA es el foro correcto para estos debates, y la Carta Democrática debe ser nuestra guía.

Cuando el Presidente elegido por el pueblo de Honduras fue depuesto en un golpe de estado en el año 2009, nos pronunciamos con voz firme y la OEA actuó. Muchos países de las Américas actuaron. Honduras fue suspendida de participar en la OEA y sancionamos a los principales instigadores.

Nuestra respuesta no fue ni fácil ni perfecta. Sin embargo, el resultado final habría sido inconcebible hace tan sólo una generación. Los países de las Américas se negaron a aceptar el retroceso de la democracia en su entorno. Con la ayuda de la OEA, el gobierno constitucional legítimo fue devuelto a Honduras por los votos de su pueblo y reforzado por las medidas concretas de los nuevos líderes que han decidido hacer frente a las causas y consecuencias del golpe.

Nuestra labor en Honduras subrayó el hecho de que las Américas necesitan una organización regional fuerte. Como dijo la secretaria Clinton en la Asamblea General de la OEA el año pasado, “Creemos que es posible construir una OEA más fuerte, más dinámica, más eficaz, que sirva los intereses de los países miembros y que tenga la capacidad y voluntad de abordar los desafíos regionales y prevenir las crisis antes de que surjan”. Nuestra Carta Democrática proporciona la estructura y las herramientas para defender y avanzar juntos estos principios. Instamos al grupo de trabajo de la OEA que evalúa la aplicación de la Carta a que recomienden medidas que todos podamos tomar para proteger de mejor manera la democracia.

Todos los países necesitan armonizar sus compromisos retóricos a la democracia con apoyo concreto a la OEA, lo que incluye sus mecanismos de evaluación mutua, misiones de observación electoral y el sistema interamericano de derechos humanos independiente.

Sabemos que cada país seguirá su propio sendero. Todos —incluyendo al mío —tienen imperfecciones. Promovemos la democracia, como dice la Carta, “con el debido respeto al principio de la no intervención”. Y nos enfocamos en nuestras relaciones con la humildad que nace del entendimiento de que todos los países, sin excepción, tienen que aprender unos de otros. Pero sabemos también – como lo acordamos hace diez años en Lima y como el presidente Obama reiteró en marzo en Santiago – que “la democracia no tiene sustituto”.

Las historias de éxito del Hemisferio demuestran que las democracias pueden corregir y corrigen las injusticias históricas, y que el desarrollo y la democracia van de la mano. Es el éxito de la OEA lo que demuestra que los compromisos regionales con la democracia no socavan la soberanía. En realidad, la sostienen.

En una generación, las Américas se han transformado de una excepción al progreso democrático, a un ejemplo del mismo. A medida que más y más ciudadanos del Medio Oriente reclaman sus derechos democráticos, nuestra Carta puede servir de modelo inspirador para promover la libertad, la igualdad y la prosperidad.

Con justa razón, hoy estamos orgullosos de estos logros. Pero nuestro progreso no está garantizado. Tenemos que seguir encontrando nuevas maneras para materializar nuestra visión común en acción común. Al celebrar nuestro pasado, comprometámonos nuevamente a crear un futuro que proporciona democracia, desarrollo y dignidad a todos los pueblos de las Américas.

Gracias.



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